martes, 17 de diciembre de 2013

Autoevaluación 2013a

Mi autoevaluación tiene dos partes. Una más formal y otra menos o, si se prefiere, más narrativa. Lo hago así porque creo que es la forma más adecuada de expresar lo que pienso y lo que siento.

La primera. No he aprendido nada especialmente nuevo, nada que no hubiera escrito en otras autoevaluaciones de otros cursos. De nuevo hemos encarado un proceso juntos, los estudiantes y yo, y de nuevo los resultados son diversos, principalmente en función de la implicación y la voluntad de cada uno. Otra vez la culminación del proceso es, en unas ocasiones, sorprendente y productiva y, en otras, hueca y decepcionante. Vuelvo a comprobar que en muchos, en la mayoría de los casos hay una evolución o, mejor dicho, hay evoluciones diversas, pero todas a mejor, y eso es LO interesante. Me alegra comprobar de nuevo cómo a veces de manera sutil, casi sin darse cuenta, avanza en la comprensión y el compromiso con la práctica educativa. Y cómo cada uno aporta algo a esa comprensión y ese compromiso colectivo. Eso quienes avanzan en algún sentido, claro. Y sobre todo me alegra comprobar de nuevo el nivel de participación horizontal, el de los comentarios que os hacéis entre vosotros, ese alimento del que se nutre la comunidad de aprendizaje.

De nuevo he trabajado de lo lindo siguiendo los seguimientos, sugiriendo, evaluando continuamente, elaborando posts en mi blog (16 este año, todos elaborados y con 'carga de profundidad'), comentando en el de todos. Como siempre, mis compañeros me dicen 'estás loco, deberías dedicar ese tiempo y ese esfuerzo a investigar'. O, 'no sirve para nada, el que no quiere aprender no aprende'. O 'nunca te lo reconocerán. Ni la institución ni los propios estudiantes'. Otra vez se equivocan. En todo. Bueno, en casi todo.

De nuevo, creo haber creado una colección rica y potencialmente interesante de oportunidades para el aprendizaje. En ese sentido, la principal novedad es el proyecto 'me interesa'. Dar voz  a la singularidad y la diversidad rigurosa ha sido para mí lo más interesante de la asignatura (a excepción, por supuesto, de lo que cada uno a hecho en su seguimiento, que es LO interesante). También lo que menos eco ha tenido. En todo caso, me ha inspirado. Debo trabajar más y mejor en ese sentido, en el de la pedagogía por proyectos. Seguramente en el futuro haré una propuesta de proyecto común más directiva (un tema, una actividad -una exposición, un calendario...), con lo que habrá más implicación, pero se perderá incertidumbre, resolución y frescura. Al menos, es un nuevo objetivo.

Y de que sirve todo esto? A mi, para sentirme vivo como docente. Creo que ya no podría enseñar sin escuchar la voz de los estudiantes. Y utilizar mejor lo que escucho es mi manera de mejorar. Aunque de que me sirva a mi lo que hacemos es lo menos importante. Lo importante de veras es de que pueda servir a los demás, a las personas que educamos ahora o a las que educáremos en un futuro. Y de eso va la segunda parte de mi autoevaluación, la narrativa.

Un frío día de invierno. Hace un sol de uñas, que araña pero no traspasa la piel. Son las 11 y estoy con mi hija de un año y medio en el parque en el que habitualmente juega. La zona de juegos está ocupada por adolescentes de un instituto cercano que toman su almuerzo. El lugar empieza a convertirse en un estercolero. Latas y envases de todo tipo, residuos de bocadillo, pieles de plátano, pipas, envoltorios de caramelo se arremolinan en los bancos. Miro alrededor y veo que cuatro papeleras acotan el perímetro de la zona. Me acerco acompañado de mi hija que patea alegre una lata de Trina de naranja recién exprimida. Están casi vacías. Me dirijo educadamente a los adolescentes para afearles su conducta y, mientras señalo residuos concretos, les ruego que los depositen donde corresponde. Uno tras otro me contestan que esa bolsa no es suya, que esa lata no se la ha bebido ella, que ese plátano no se lo ha comido él. 'No es mío', 'no he sido yo', 'eso no lo he tirado'. Eso es todo lo que me responden, mientras yo pienso, y expreso, que es una pena ver el parque, nuestro parque, así. 'No es mío', 'no he sido yo', 'eso no lo he tirado' insisten, mientras abandonan el parque hecho un estercolero, camino al instituto. 

Pienso que muchos de los profesores que se encontrarán esos adolescentes en ese instituto al que ahora se dirigen, deben mantener con ellos la misma relación que ellos tienen con los residuos que han esparcido por el parque. Ese zoquete, ese potencial residuo social 'no es mío', 'no he sido yo quien lo ha criado', 'eso no lo he tirado yo'. Debe pensar que ese alumno que es un estorbo y que esa alumna que es un incordio no son problemas suyos, sino de 'otros', los que los hayan creado así o los hayan puesto en su camino, los que hayan puesto esa basura en su camino. 'A ver si pasa pronto el año o se va a otro instituto', deben pensar. O, simplemente, ni se lo plantean. Lo entiendo, como también entiendo al adolescente irresponsable, que se esconde en la masa, que ve humillante hacer caso a alguien mayor que él, a alguien que le da razones para actuar. Entiendo, como tan bien me enseñó Francisco Javier, que hay gente vulnerable y desconcertada, que no sabe expresar sus sentimientos más que de forma inadecuada. Entiendo esa rabia, esa frustración, esa impotencia cuando te ves envuelto en esas situaciones. La entiendo en los adolescentes y en los profesores. Pero me entristece.

 Ojalá, ojalá, algo de lo que hagamos juntos como educadores , sea lo que sea, sea cuando sea, contribuya en algo a que todos disfrutemos juntos y alegres de ese sol de uñas, tan agradable de sentir en un día frío de invierno.


¿Nota?: 6'5, provisionalmente.




lunes, 9 de diciembre de 2013

El club de los poetas muertos

De entre las muchas y muy interesantes películas que ilustran problemáticas ligadas al cambio educativo, me he decantado por "El club de los poetas muertos" porque, además de ilustrar las intenciones, metodos, dificultades, limitaciones y conflictos de un profesor, conecta con un sugerente comentario que se hace en el  libro de Pennac "Mal de escuela":

Sería interesante analizar el triunfo que obtuvo entre los jóvenes espectadores de 1989 El club de los poetas muertos, casi unánimemente abucheada por nuestra crítica y nuestras salas de profesores: demagogia, complacencia, arcaísmo, bobaliconería, sentimentalismo, pobreza cinematográfica e intelectual, argumentos todos ellos que no pueden discutirse razonablemente. Pero lo cierto es que hordas de alumnos corrieron a verla y regresaron encantados. Suponerles fascinados solo por los defectos de la película es formarse una opinión muy pobre de toda una generación. Los anacronismos del profesor Keating, por ejemplo,no escaparon a mis alumnos, ni su mala fe:

-Keating no es del todo “honesto” con su Carpe diem, habla como si estuviéramos aún en el siglo dieciséis;pero en el siglo dieciséis se morían muchos más jóvenes que ahora.

-Y, además, el comienzo es un asco, cuando hace que rompan el manual escolar, un tipo que pretender ser tan abierto.. Ya puestos a ello, ¿por qué no quemar los libros que no le gustan? Yo me habría negado.

Pero, dejando esto aparte, mis alumnos habían “adorado” la película. Todos y todas se identificaban con aquellos jóvenes norteamericanos de finales de los años cincuenta que, social y culturalmente hablando, tenían tanto que ver con ellos como unos marcianos. Todos y todas se pirraban por el actor Robin Williams (los adultos consideraban que se pasaba de la raya). El profesor Keating encarnaba, a su modo de ser, la calidez humana y el amor por el oficio: pasión por la materia enseñada, absoluta entrega a sus alumnos, todo servido por un dinamismo de infatigable entrenador. El cerrado reducto del internado contribuía a la intensidad de sus cursos, les confería un clima de intimidad dramática que elevaba a nuestros jóvenes espectadores a la dignidad de estudiantes con todas las de la ley. A su modo de ver las clases de Keating eran un rito de paso que solo les incumbía a ellos. No era asunto de la familia. Ni de los profesores. Uno de mis alumnos expresó sin ambages:

-Bueno, a los profes no les gusta. Pero es nuestra película, ¡no la suya! 

Aunque supongo que la mayoría ya la habréis visto, no está de más refrescar algunos momentos que, aplicando el modelo de Fullan, ejemplifica a la perfección un cambio que estaría entre el nivel dos (metodológico) y tres (de formas de pensar). Y, también hay que decirlo, algunos efectos colaterales de la arrogancia transformadora de un educador movido por la creencia de que "hay que cambiarlo todo".